martes, 28 de julio de 2015

Os queremos

No falla: cada vez que la lucha libre es trending topic en España, salvo contadísimas excepciones, es por algo malo. El otro día Hulk Hogan copaba titulares de medio mundo al conocerse que había sido despedido por la WWE tras haber salido a la luz una conversación privada suya de hace algunos años en la cual soltaba una cantidad importante de perlas racistas. La WWE, decidida a que esta polémica no dañe su imagen (hoy en día es una empresa family-oriented que incluso cotiza en bolsa), decidió cortar por lo sano con Hogan, no sólamente despidiéndole ipso facto sino aplicándole "un Benoit" para tratar de borrarle de su existencia: eliminó su merchandising de la web, borró todo el material que hiciera referencia a él de su archivo histórico (incluyendo dvd's, programas del WWE Network y demás) y, en definitiva, le convirtió en un apestado para la compañía que él mismo hizo grande en los años 80 y 90. El caso aquí no es ya juzgar si Hulk Hogan es mejor o peor persona (que conste en acta que no soy en absoluto fan suyo, todo lo contrario), discutir sobre dónde está la línea que separa lo privado de lo público o incluso reflexionar sobre si el castigo recibido por el hulkster es proporcionado o no. Todos ellos interesantes temas de debate, pero hay otro que me interesa más: la enorme hipocresía de la WWE y, en especial, de su jefe, Vince McMahon, reconocido seguidor del partido republicano y amigo íntimo de nada más y nada menos que Donald Trump.

Como ya comentaba antes, la WWE es hoy en día una empresa, aún dedicándose a algo en teoría violento como es la lucha libre, "amable": uno ve entre su audiencia a multitud de niños, en los programas apenas se dicen tacos, las maniobras más peligrosas para los luchadores (como, por ejemplo, los sillazos a la cabeza) están prohibidísimas y, en general, el tono de "agresividad" está relativamente bajo para poder hacer más accesible el producto a todos los targets posibles, el actual secreto de su éxito. Pero no siempre ha sido así, y es que la WWE, desde que tengo uso de razón y más aún en la "Attitude Era" (1997-2002, o así), ha explotado siempre el factor shock para atraer a las audiencias apelando en multitud de ocasiones a sus instintos más primarios. No os descubro la pólvora si os recuerdo cómo para contar sus historias de héroes contra villanos han tirado de recursos tan facilones como el abuso de los estereotipos raciales ("¡Eh, mirad! ¡Es un luchador hispano! ¡Vistámosle de torero!" o "¡Eh, mirad! ¡Es un luchador negro! ¡Vistámosle de delincuente!"), el fomento del odio hacia lo extranjero ("¡Eh, mirad! ¡Es un luchador extranjero! ¡Que diga que odia a América, o algo!"), el tratamiento vejatorio de las luchadoras femeninas (¡"Eh, mirad! ¡Es una mujer! ¡Que su combate sea en bragas y sujetador! ¡Y que haya mucha tensión sexual no resuelta en el ring!") y otras muchas decisiones de empresa que han hecho que los fans de este espectáculo muchas veces nos hayamos avergonzado de él. La audiencia era la clave, y todo valía para tratar de atraerla y conservarla. Por ello me repatea la hipocresía actual de la WWE, que ha construido su imperio actual sobre montañas de aciertos, sí, pero también sobre otra enorme montaña de mierda bochornosa que ahora trata de borrar de su pasado igual que ha hecho con el legado de Hulk Hogan. Somos lo que somos y nuestros errores nos definen, por tanto voy a hacer un trabajo de servicio público para contaros (lo más resumidamente que pueda) tres casos especialmente sangrantes del pasado reciente de la WWE: los de Booker T, Alberto Del Rio y, especialmente, Muhammad Hassan.

BOOKER T

El que fuera 5 veces campeón de la WCW siempre ha sido un gran profesional y un hombre que siempre ha sabido reírse de sí mismo. Profesionalidad y sentido del humor, dos elementos claves para poder aguantar la multitud de sketches durante los años en los que el propio Vince McMahon, "el tolerante", le llamaba nigger a su puta cara sin que nada pasara más allá de unas cuantas risas forzadas para complacer al jefe. Pero peor aún que eso fue la preparación de su combate contra Triple H, el por aquel entonces campeón del mundo y yerno del propio Vince, para la Wrestlemania de 2003, el mayor combate en la carrera de Booker T hasta entonces. En las semanas previas al combate el villano Triple H hizo innumerables e innecesarias alusiones, con todo el planeta como testigo, al pasado delictivo de Booker T (en la vida real estuvo en la cárcel por delitos menores), hablando de él como "your people" y sembrando el camino para que el héroe negro le diese la paliza de su vida al villano racista blanco. Una estrategia peligrosa para vender el combate pero exitosa si el resultado final es el deseado... salvo que no fue así: llegó el evento y Triple H retuvo el cinturón, consumando una de las mayores humillaciones que recuerdo en la historia del wrestling. Años después Booker T tuvo su redención y ganó dicho cinturón, pero esa mancha en su historial quedará ahí para siempre.



ALBERTO DEL RIO

Mi tocayo mexicano fue despedido de la WWE a mediados de 2014 tras conocerse que había tenido una pelea con uno de los encargados de las redes sociales de la compañía (o sea, un don nadie comparado con las "superestrellas" que se supone son los luchadores). "No se puede tolerar un comportamiento así", rezaba el comunicado de la empresa para justificar el despido de Del Rio, múltiple excampeón de la compañía, aunque la información que omitieron y que el propio Del Rio ofreció días después en una entrevista fue mucho más jugosa: al parecer Del Rio recibió insultos racistas por parte de dicho empleado, en una práctica que aparentemente era habitual entre bastidores con los luchadores hispanos de la compañía, y que se alimentaba de un vergonzoso pacto de silencio. Mi tocayo fue despedido por sus acciones, pero ¿y el otro sujeto? Conservó su empleo, por supuesto. Y, para más inri, a Rey Mysterio, rival en la ficción de Del Rio pero buen amigo suyo en la vida real, le dieron la patada a los pocos meses al no renovársele su contrato tras algún tiempo lesionado y no volver a hacer mención de él en ningún momento en la programación en televisión. Esa es la gratitud que se demuestra con un hombre que se ha jugado la vida durante 12 años por tu compañía. Quizás para la tolerante WWE los hispanos sí que son empleados de segunda.



MUHAMMAD HASSAN

Y dejo para el final el caso más sangrante de todos. En 2005 debutó este personaje, Muhammad Hassan, que se suponía era un americano que profesaba el islam y que se sentía un incomprendido por la sociedad yanqui (brillante jugada, Vince). Comenzó como el típico villano más o menos odiable... hasta que un día, en plena rivalidad con el Undertaker, saltaron de repente al ring ¡¡¡varios "simpatizantes" suyos ataviados como terroristas islamistas!!! Los límites del mal gusto dejados atrás, muy atrás, kilómetros atrás. Y, para rizar el rizo, todo eso fue emitido en televisión exactamente la misma semana que sucedió la matanza del metro de Londres. Fue una enorme casualidad, sí, pero la avalancha de críticas recibidas (entre ellas las de la cadena de televisión que emitía el programa) fue tal que obligaba a una respuesta inmediata de Vince para que no le acusaran, y con razón, de miserable oportunista e insensible con las víctimas. Así que, ¿qué hizo Vince? ¿Pedir perdón? No, lo más fácil: despedir al pobre luchador (que a fin de cuentas era un mandao) y hacer como si nada de eso hubiera existido jamás. A fin de cuentas, ¿qué importancia tiene una simple persona cuando lo que está en juego es un suculento contrato de televisión?



Ahí lo tenéis, tres ejemplos de cómo se las ha gastado durante toda su vida Vince McMahon, el actualmente autoproclamado adalid de la tolerancia y el respeto a las minorías. Porque no es tan diferente de Hogan como le gustaría hacernos creer.

PD: Y, hablando de racismo, el PP confirma a Xavier García Albiol como candidato suyo a la Generalitat para el 27-S. El hombre del "Iros a vuestra puta casa" ahora es el del "Quedaros en nuestra puta casa". Ahí, luchando contra los populismos.

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